Marx concibió su revolución como un enfrentamiento, por todos los medios, de los proletarios contra los propietarios, los obreros contra los burgueses, los pobres contra los ricos, lucha que, atrayendo a los pueblos, llevaría a la construcción de paraísos socialistas, en los cuales habría abundancia de bienes, además de igualdad y libertad absolutas. Sin embargo, con el transcurso de las décadas, se hacía cada vez más evidente su fracaso, tanto para lograr el apoyo de las multitudes como para llegar a la implantación de las quimeras anarco-colectivistas.
Inspirados en ese mito marxista, hubo muchos movimientos que alcanzaron cierto arraigo popular y apoyos en otros ambientes – eclesiásticos, burgueses, empresariales, etc.– con los cuales en no pocos casos llegaron al Poder, pero, en poco tiempo, esos progresos se transformaron –como sucedió en nuestra Patria– en reveses enormes.
Sea por esos fracasos, por el incumplimiento de sus promesas, por la pérdida de sus aliados o por la apatía de los obreros ante la repetición simplista de sus slogans, el movimiento comunista se fue estancando. Nunca alcanzaron la abundancia económica que prometían, sino una brutal miseria; nunca consiguieron el bienestar de las clases más modestas, sino la instauración de tiranías que se mantuvieron sobre la base de la mera represión.
El estancamiento mundial de la revolución marxista
Así describió esa situación en 1966 el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su obra “Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo”: “Hace cien años –en números redondos– que el comunismo viene predicando a las masas obreras del mundo entero la revolución social, la matanza y el pillaje. Para esa prédica dispuso casi continuamente, a lo largo de ese siglo, de entera libertad de pensamiento y de acción en casi todos los países. Tampoco le faltaron recursos financieros inmensos, ni especialistas y técnicos de los mejores en materia de propaganda. A despecho de todo eso, las multitudes se han manifestado, en su gran mayoría, poco sensibles a las invitaciones –que tan fácilmente podrían fascinarlas– de la demagogia marxista. (...) La causa de la insoluble imposibilidad de la victoria comunista a través de las urnas está también, en alguna medida, en la resistencia que opone al marxismo el fondo de sentido común de la humanidad. Ese sentido común choca con el carácter esencialmente antinatural que se muestra en todos los aspectos del comunismo. En los pueblos de civilización cristiana, se suma a ese factor la incompatibilidad del espíritu, de la doctrina y de los métodos marxistas con el espíritu, la doctrina y los métodos de la Iglesia.” (1)
A lo largo de ese proceso, surgieron diversas quimeras que trataban de auxiliar al comunismo –la revolución castrista, la democracia cristiana, la “la vía democrática hacia el socialismo” de Allende, el “compromiso histórico” en Italia, el socialismo autogestionario francés, el sandinismo en Nicaragua, etc.– todas estas fórmulas también fracasaron cuando los pueblos notaron su verdadera índole y por eso se apartaron de ellas. Así, cayeron en el descrédito: casi todas las guerrillas acabaron, la democracia cristiana se desprestigió totalmente y los líderes del socialismo autogestionario creyeron más hábil postergar su implantación y aplicar en parte la economía liberal, para conservar el Poder.

Al mismo tiempo, Occidente reasumió a comienzos de los años 80 una posición anti-comunista y anti-socialista vigorosa,disminuyendo las concesiones al régimen soviético –por lo demás totalmente fracasado, por causa de su estatismo– con lo cual la propia subsistencia de éste se volvía incierta, hasta que, a fines de esa década, optó por autodemolerse, tan inviable le parecía a largo plazo su victoria.
A medida que el mundo avanzó en ese itinerario, los promotores de la Revolución mundial intentaron salir del impasse en que se encontraban, a través de varias estrategias y procesos, en general de una enorme radicalidad, como si los guiase la esperanza de que éstos destruyesen toda resistencia y los ayudasen decisivamente a llegar a la victoria.
(1) Plinio Corrêa de Oliveira, “Trasbordo Ideológico Inadvertido y diálogo”, Santiago, Mayo 1985, págs. 21-22